Alcanzando las Alturas
Richard Wurmbrand
«Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» (Mateo 6:12)
Durante la Segunda Guerra Mundial, Simón Wiesenthal, el famoso judío cazador de criminales de guerra, escribió que, mientras realizaba labor forzada en un campamento de concentración en Lvov (Ucrania), una enfermera lo llamó al lecho de muerte de un oficial nazi. Este oficial le dijo que su madre era una cristiana que había sufrido mucho cuando él se unió al movimiento juvenil de Hitler y después a su ejército. El era miembro de una unidad que ocupaba el pueblo de Dnepropetrovsk. Allí, 200 judíos, entre ellos mujeres, niños, y bebés, fueron encerrados en un casa pequeña, en la cual la unidad de Karl lanzó granadas. La casa ardió. Algunos judíos, con niños en sus brazos, trataron de saltar por la ventana, pero Karl los disparó. Unos días después, en una batalla, se le ordenó a la unidad de Karl que atacara. En esta batalla quedó ciego y gravemente herido. Lo último que recuerda haber visto fue un judío en llamas con un niño ardiendo en sus brazos viniendo hacia él. Ahora esperaba la muerte, torturado constantemente por la visión de las mujeres y niños martirizados. Karl deseaba ser absuelto por un judío. Sin embargo, Wiesenthal no pronunció la palabra de perdón ansiada.
Podemos simpatizar con este hombre quien perdió casi toda su familia entera a causa de la crueldad de los nazis. Los criminales tienen que ser derrotados y castigados. Pero el hombre que Wiesenthal tenía ante él ya no representaba peligro. Estaba sufriendo los agonías de la muerte. Se debió haber pronunciado alguna palabra de perdón. Pero antes uno tiene que reconocer su propria pecaminiosidad en la luz del perdón de Cristo. Sólo entonces podrá absolver a otros.