Alcanzando las Alturas
Richard Wurmbrand
«Vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres.» (I Pedro 1:18)
No pertenecemos a una iglesia por la credibilidad de sus dogmas. Medimos su credibilidad por la convicción ya formada de su veracidad.
La mayoría de la humanidad se adhiere a la religión de sus padres. Si un hombre católico se casa con una mujer católica, el niño nacido de esta unión escuchará desde el principio cosas que lo inclinarán hacia el catolicismo. Como adulto tenderá a aceptar todos sus argumentos, de la misma manera en que alguien nacido de padres judíos o bautistas se inclinará hacia esas creencias.
No es diferente con las conversiones. Cuando un individuo atraviesa por una crisis o sus creencias anteriores son destrozadas, un devoto de otra religión posiblemente le muestre lo que él cree que es el camino a Dios. Aceptando el consuelo, el nuevo sentido de vida necesitado en ese momento, el individuo encuentra fácil el aceptar sin crítica una multitud de otros dogmas, creencias, o rituales sostenidos por la persona que lo trajo a la fe.
Es difícil encontrar la verdad. Empieza examinando e interrogando la religión de los antepasados, el proceso por el cual cientos de millones de hombres se llaman a sí mismos cristianos, hindúes, musulmanes, o judíos.
La verdadera religión comienza con la disposición de reconocer que todas tus creencias, incluyendo la más apreciada, puede ser incorrecta, que tu propia religión puede ser una variedad de prejuicio, de la misma manera que tú imaginas a otras. Sólo los mejores espíritus se elevaron por encima de una conciencia de grupo confusa.
Pasa una escoba por tu corazón, barriendo todo lo que no viene de una experiencia personal con Dios. Así lo hice yo. En el corazón vacío—el corazón del hombre que niega no sólo su creencia, sino a sí mismo, su propia persona—resplandece Dios, la fuente y objetivo de toda religión.
Reconoce que has adquirido prejuicios tanto de nacimiento como de educación. Luego «examinadlo todo» por la Palabra de Dios y «retened lo bueno.» (I Tes. 5:21)